Yoga

La inmovilidad cuesta un gran esfuerzo. Para lograrlo recurro a una técnica de yoga: lo de fuera lo empujo hacia dentro y lo de dentro hacia afuera. La piel hacia los músculos, los músculos hacia los huesos, los huesos hacia la médula. Y a la inversa, la médula hacia la superficie de los huesos, los huesos hacia el músculo, el músculo hacia la piel.

Emmanuel Carrère, Yoga

No recuerdo cómo llegué al libro, aunque, al empezar a leerlo, encuentro pegado en la primera página un sticker de la librería donde seguramente lo compré. Digo seguramente porque no recuerdo el hecho, aunque podría reconstruirlo: luego de vivir muchos años en Recoleta, tuve que mudarme y elegí Belgrano. Me tenía que ir de buenas a primeras y el único Airbnb que me gustó quedaba en ese barrio. Una vez allí, y cuando promediaba mi estadía en aquel hermoso departamento con vista al atardecer, tuve que buscar un alquiler «definitivo» (ni hace falta explicar el uso de las comillas).

Empecé a recorrer esas calles y es muy factible que me haya llamado la atención este libro en la vidriera de una librería sobre Echeverría. No recuerdo los motivos, pero podría inventarlos también. Por supuesto, lo compré y no lo leí hasta ahora. Ya lo sabemos: los libros no se compran para leerlos de inmediato.

Hoy, ya instalado en mi propio departamento de Núñez, lo elijo entre las muchas opciones que tengo en la biblioteca, antes de irme a la cama, parado en la penumbra frente a las estanterías que, con los años, voy llenando de historias que aún están por descubrir.

Mi forma de leer es desordenada; no puedo concentrarme en una sola lectura a la vez. No sé si eso me hace un buen o mal lector, pero caigo en la ansiedad y en el aburrimiento, no necesariamente porque el libro sea malo. Pero esta vez Yoga se me hizo prioritario. Nada de otras lecturas en paralelo, nada de distracciones. Lo tomé de la biblioteca esa noche y empecé. Lo leí lento, pausado, intrigado por la historia de la práctica del yoga y la meditación.

Emmanuel Carrère. Escritor francés (París, 1957). Autor de El adversario, Limónov y El Reino. En 2021 recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

Intenté hacer yoga muchas veces a lo largo de mi vida, siempre con el mismo resultado: el fracaso. La primera vez fue a los 28 años, después de sufrir una arritmia que solo se me fue luego de unos días en terapia intensiva y un «paletazo», como se conoce comúnmente a la cardioversión, procedimiento que se realiza con un desfibrilador cardíaco. Después de muchos análisis del corazón (literales, no poéticos) y otros estudios complementarios, me dijeron que la causa fue un pico de estrés: tenía un trabajo denigrante y mi frase de cabecera hasta ese momento era «es todo una mierda». ¿Estaba deprimido? Nunca lo supe. Pero alguien de mi entorno, o tal vez alguno de los médicos que me trataron, me habló del yoga. Averigüé y fui a dar con una señora que ofrecía clases de «yoga católico», cerca de casa. No soy religioso, pero el susto que tenía y las ganas de que no me volviera a pasar algo semejante hicieron que me tirara de cabeza. Empecé. Las clases consistían en hacer las posiciones básicas y luego rezar en una pequeña capilla. Tranquilidad había, pero no terminé de sentirme cómodo. No por asuntos religiosos, ni mucho menos. El problema era —lo sigue siendo aún hoy— mi cuerpo. Léase: mis caderas son muy rígidas y apenas si puedo tocarme las rodillas con la punta de los dedos de las manos.

Para el caso de la meditación, de la que soy un asiduo practicante desde hace más de diez años, el camino es diferente. Aunque no pueda considerarme un gran meditador, sí mantengo una ligera constancia, con no pocas interrupciones a lo largo del tiempo. Buscando un bálsamo luego de la muerte de mi madre (aunque estaba rodeado de hermosas personas que cobijaban mi paso por la vida —algunas, como diría Cerati aquella noche en River, siguen hasta hoy—), llegué a dar con una institución que brindaba una capacitación en filosofía oriental. Yo conocía el concepto de la meditación, pero nunca la había practicado. Empecé las clases con mucho entusiasmo, pero el avance en la práctica y en el estudio de la teoría dio lugar a mi típico aburrimiento y, sumado al hecho de que empecé a sentir que me estaba metiendo en una secta, abandoné a los pocos meses, aunque no dejé de meditar por mi cuenta. El zafu llegó cuando ya estaba viviendo mi nueva vida en Belgrano, en un luminoso departamento de dos ambientes ubicado en un sexto piso sobre la avenida Ricardo Balbín, del que fui desterrado un año y medio después. Aunque, como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga, eso me empujó a comprarme mi departamento actual en Núñez.

Hace algunos años, ya instalado ahí, me anoté en un profesorado de yoga, con la idea de profundizar en esta actividad que tanto me atrae, pero que me es esquiva. Tampoco lo terminé.

Así que leí Yoga, un esperado libro de Emmanuel Carrère, no exento de polémica en su salida —entre otras cosas, por una carta abierta publicada por su exmujer. Supongo que son los riesgos de escribir una obra de no ficción autobiográfica. ¿Eso es este libro? ¿Una novela de no ficción autobiográfica? Ficción hay, lo dice el propio protagonista en el libro. A mí me gusta decir que es un libro inclasificable.

¿Y por qué es un libro que me parece fabuloso? Bueno, por esto mismo que estás leyendo ahora: porque es una gran fuente de inspiración que me permite escribir. Si la lectura de un libro (o de lo que sea) me provoca ganas de sentarme a escribir, es para mí, sin dudas, un signo de que el libro es hermoso.

Bueno, no sé bien qué tiene que ver todo esto —la arritmia, el yoga católico, el zafu— con el libro, pero se me apareció una y otra vez mientras leía este libro, como ya dije, inclasificable, pero al que me voy a referir como novela. Una novela autobiográfica, podría decirse. Y bueno, me inspiró. Me inspiró a contar mi historia, a tomar momentos de mi vida y convertirlos en literatura. Siempre termino escribiendo sobre lo mismo, pero el motivo de escribir reseñas en esta cuenta es una mera excusa para escribir sobre lo que pienso, vivo y siento. Los libros son una excusa, y qué linda excusa, si me lo permiten. Tengo la mejor excusa para sentarme a escribir: escribir sobre lo que viví a través de los libros que leo.

Y vos, ¿qué libro te dio alguna vez la excusa perfecta para sentarte a hacer eso que venías postergando? Contámelo en los comentarios.

Yoga, de Emmanuel Carrère
Novela
320 páginas
Editado en 2021 por Anagrama @anagramaeditor

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