«Observar un cuerpo sin apartar la vista es un ejercicio perturbador, algo en el cerebro no acepta el estado inanimado, la mente se desespera por detectar alguna señal de vida, un jadeo leve que delate un respiro, el movimiento de los ojos detrás de los párpados, algún temblor azaroso de una mano o de un pie que sugiera sueño en vez de muerte, hasta la posibilidad de que se ericen los vellos de la nuca o de los nudillos ante un cambio de temperatura, pero ningún gesto se manifiesta, la estática del cadáver es una afrenta a los andamiajes de la mente, una disonancia difícil de aguantar, mas si tan solo desviaran la vista, aunque fuera por un segundo, se podría romper el conjuro, recalibrar los sentidos, pero no lo hacen, la anciana, la andrógina, el costurero y el can irlandés mantienen los ojos fijos en el hombre tumbado, congelados ante la anticipación de aquello que no ocurrirá».

Estamos frente a un gran hecho: hay un autor diferente. Por lo que escribe pero sobre todo por cómo lo escribe. Es distinto y eso en algún punto lo hace difícil hasta ese momento en que uno es abducido y se da cuenta, tarde, que está sumergido en sus aguas, atrapado en su red, flotando en su universo, atónito en su espacio alucinante. .
Todo transcurre en una habitación, o tal vez no del todo, mas bien en el cosmos entero que es traído a esa habitación. Un muerto y cuatro testigos entre los que se encuentra un perro. Nadie habla, todos miran. Y en la descripción infinita de la escena, de la habitación en la que se encuentran y en los cientos de objetos que allí se ubican, radica el misterio. Y en ese misterio, un detalle insospechado. .
Ciencias ocultas, de Mike Wilson (@mikewilsn)
Publicado en 2019 por Fiordo Editorial (@fiordo_editorial)
Deja un comentario