«Afuera me esperaba la noche más larga y oscura que jamás había vivido. Desde el auto vimos a una pareja de viejos paseando por las calles cubiertas de nieve a un perro con un collar de luces. Después de media hora, llegamos a una casona de campo del siglo XVII adonde íbamos a dejar a los gatos hasta después de Año Nuevo. El portón de entrada era de madera y, en el frente, el techo terminaba con dos dragones cruzados como espadas. El resto de la fachada era de ladrillo. Cuando abrí la puerta del auto para salir, arrastré nieve. El silencio de esa noche me lastimó los oídos. Tocamos una campana y entramos. Nos recibió un hombre grandote y panzón con barba blanca. Adentro de la casa estaba la chimenea prendida y hacía calor. El hombre estaba en camiseta y pantuflas. Hablaba mucho. O eso era lo que me parecía a mí, que no entendía nada de lo que decía. Me miraba de costado, como tratando de adivinar aquello que me hacía diferente».

Si lees “La lengua alemana” así por encima, sin comprometerte con la lectura, te va a parecer una simple historia de amor. Una más del montón. Así que mi recomendación es que la leas con atención y sin distracciones, porque no es lo que parece. Bajo esa capa de un simple “dejo todo y me voy con vos adonde sea” se esconde una poderosa declaración de principios, un manifiesto de cómo vivir, qué hacer, dónde buscar. .
Puede parecer pretencioso e imperativo, pero por el contrario es una novela humilde y sin prejuicios. Es lo que la narradora sintió y vivió —incluso hay fotos que enmarcan la historia y le dan un aura aún mas realista— lo que la convierte en una especie de documental escrito de manera tierna y genuina. Un viaje que cambia y llega hasta lo más profundo de las emociones. .
La lengua alemana, de Julieta Mortati (@julieta_mortati)
Publicado en 2018 por Editorial Planeta (@editorialplaneta), bajo el sello Emecé y por Notanpüan (@notanpuan)
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