«Me quedé un largo rato sin saber qué hacer. Sentí cosas rarísimas, que ninguna combinación de materia y movimiento podrían expresar. En algún momento cerré la canilla y me fui al living, pero fue peor; desde ahí podía escuchar los caños del baño borboteando como si una tristeza se hubiera instalado en la garganta del edificio. Por primera vez noté que había un aire pobre en ese departamento a pesar de que todo estaba limpio y ordenado. Una cama de madera sin pintar que hacía de sillón, dos sillas viejas de paja, y en lugar de paredes bibliotecas atestadas de libros. Un interior tajante como la propia Enriqueta».

Me había quedado boquiabierto cuando leí “El nervio óptico”, allá por 2014 en edición de Mansalva (@editorialmansalva). Así que cuando vi que se había publicado “La Luz negra”, no dudé un instante y lo compré. No pasó mucho tiempo hasta que empecé a leerlo. Sí, lo sé: es una actitud que tal vez parezca un poco rara, pero no es común que lea un libro apenas lo compro. Pueden pasar meses o años. En este caso me encontraba entusiasmado y expectante, así que decidí sentarme y empezar a los pocos días. O tal vez hayan sido horas.
Siento que María tiene superpoderes, que puede escribir lo que sea y que siempre va a estar bien y que me va a dejar sumergido en un caos de asombro y emoción y euforia y ganas de contarles a todos que leí uno de sus libros y fue maravilloso. Ella misma lo dijo en una entrevista de @eternacadencia: «[Escribo] Porque me gusta más la persona que soy por escrito. Y porque cualquier otro trabajo me supondría lidiar con gente y cumplir horarios». La literatura y el arte la necesitan, para que escriba esos libros imprescindibles y únicos que no podrían salir de otras mentes ni otras manos; para que escriba los libros vitales.
La Luz negra, de María Gainza (@mariiigainza)
Publicado en 2018 por @anagramaeditor.
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