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  • Las gratitudes

    Trabajo con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias.
Y con el miedo a morir.
Forma parte de mi oficio.

    Delphine De Vigan, Las gratitudes

    No termino de encontrar las palabras para contar cómo llegó Las gratitudes a mis manos. Sé que hubo una reunión, gente hablando de libros, alguien que mencionó el título entre otros que ya olvidé. O tal vez no hubo ninguna reunión y fue apenas una portada vista de reojo en una librería, o el nombre repetido dos veces en conversaciones distintas hasta que dejó de sonarme ajeno. No estoy seguro, y cuanto más lo pienso, menos segura se vuelve la escena: la memoria, como el lenguaje de Michka, también falla, también inventa lo que no puede recuperar. Lo cierto es que una noche ya lo tenía entre las manos, ciento setenta y pocas páginas, y esa misma noche llevaba leídas las primeras treinta.

    Las gratitudes es una novela breve —apenas 176 páginas— pero de esas que pesan más de lo que ocupan. Delphine de Vigan cuenta los últimos meses de Michka Seld, una mujer que está perdiendo el habla por afasia mientras vive en una residencia geriátrica. La historia se arma a dos voces: la de Marie, la vecina que Michka cuidó de chica y que ahora, ya adulta, le devuelve ese cuidado; y la de Jérôme, el logopeda que intenta, contra el avance de la enfermedad, que Michka conserve algunas palabras.

    Delphine de Vigan (Francia, 1966), una de las voces más leídas de la narrativa francesa contemporánea.

    Delphine de Vigan nació en 1966 en Boulogne-Billancourt y vive en París. Es una de esas autoras que trabajan todo el tiempo en el límite entre la autobiografía y la ficción: en Nada se opone a la noche, su libro más conocido, reconstruyó la vida de su propia madre después de su muerte, buscando entender los silencios y las fracturas de una familia. En Basada en hechos reales —que ganó el Renaudot y que Roman Polanski llevó al cine— volvió a jugar con esa frontera incierta entre lo vivido y lo inventado. Las gratitudes, que le valió el Premio Euskadi de Plata, sigue esa misma línea: no sorprende que una autora que no deja de volver sobre su propia familia, sobre lo que se hereda y lo que se calla, haya escrito con tanta precisión sobre una vieja que pierde el lenguaje y sobre las deudas de gratitud que se acumulan sin que nadie las salde a tiempo.

    Hay algo en el oficio de Michka que no puedo leer sin pensarme a mí mismo: toda su vida fue correctora. Vivió de encontrar la palabra exacta en los textos de otros, de pulir lo que alguien más había escrito. Y ahora, vieja, es su propio lenguaje el que empieza a fallarle: el instrumento con el que trabajó toda una vida se le escapa de entre las manos, letra por letra. De Vigan no lo subraya, no hace falta: alcanza con poner a una correctora frente a la afasia para que la ironía golpee sola. Yo, que ando dando vueltas alrededor de dedicarme en serio a corregir y editar textos ajenos, no pude leerlo sin pensar en eso: en lo que significa vivir del lenguaje y en lo frágil que es, en el fondo, un oficio que se apoya enteramente en algo tan poco sólido como las palabras.

    Pero el corazón del libro no es la afasia, es la gratitud. Michka tiene una obsesión antes de morir: encontrar al matrimonio que la escondió y la salvó durante la ocupación alemana, cuando era chica, y decirles gracias. No hay drama en eso, no hay golpe bajo: de Vigan escribe con una contención casi austera, sin subrayar nada, dejando que el lector complete lo que los personajes no llegan a decir del todo. Y ahí aparece la pregunta que se lleva el libro entero: ¿cuántas gratitudes tenemos pendientes? ¿A cuánta gente le debemos un gracias que nunca dijimos, porque pensamos que había tiempo, porque nos dio vergüenza, porque simplemente no se nos ocurrió?

    Es una novela sobre el tiempo que se acaba —el de Michka, literal, pero también el que todos tenemos para decir lo que hay que decir— y sobre las palabras justas, esas que a veces llegan tarde o no llegan. La leí rápido, en un par de sentadas, y sin embargo se quedó dando vueltas más de lo que su tamaño hacía prever.

    Y a vos, ¿a quién le debés un agradecimiento pendiente? Contámelo en los comentarios.

  • Yoga

    Yoga

    La inmovilidad cuesta un gran esfuerzo. Para lograrlo recurro a una técnica de yoga: lo de fuera lo empujo hacia dentro y lo de dentro hacia afuera. La piel hacia los músculos, los músculos hacia los huesos, los huesos hacia la médula. Y a la inversa, la médula hacia la superficie de los huesos, los huesos hacia el músculo, el músculo hacia la piel.

    Emmanuel Carrère, Yoga

    No recuerdo cómo llegué al libro, aunque, al empezar a leerlo, encuentro pegado en la primera página un sticker de la librería donde seguramente lo compré. Digo seguramente porque no recuerdo el hecho, aunque podría reconstruirlo: luego de vivir muchos años en Recoleta, tuve que mudarme y elegí Belgrano. Me tenía que ir de buenas a primeras y el único Airbnb que me gustó quedaba en ese barrio. Una vez allí, y cuando promediaba mi estadía en aquel hermoso departamento con vista al atardecer, tuve que buscar un alquiler «definitivo» (ni hace falta explicar el uso de las comillas).

    Empecé a recorrer esas calles y es muy factible que me haya llamado la atención este libro en la vidriera de una librería sobre Echeverría. No recuerdo los motivos, pero podría inventarlos también. Por supuesto, lo compré y no lo leí hasta ahora. Ya lo sabemos: los libros no se compran para leerlos de inmediato.

    Hoy, ya instalado en mi propio departamento de Núñez, lo elijo entre las muchas opciones que tengo en la biblioteca, antes de irme a la cama, parado en la penumbra frente a las estanterías que, con los años, voy llenando de historias que aún están por descubrir.

    Mi forma de leer es desordenada; no puedo concentrarme en una sola lectura a la vez. No sé si eso me hace un buen o mal lector, pero caigo en la ansiedad y en el aburrimiento, no necesariamente porque el libro sea malo. Pero esta vez Yoga se me hizo prioritario. Nada de otras lecturas en paralelo, nada de distracciones. Lo tomé de la biblioteca esa noche y empecé. Lo leí lento, pausado, intrigado por la historia de la práctica del yoga y la meditación.

    Emmanuel Carrère. Escritor francés (París, 1957). Autor de El adversario, Limónov y El Reino. En 2021 recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

    Intenté hacer yoga muchas veces a lo largo de mi vida, siempre con el mismo resultado: el fracaso. La primera vez fue a los 28 años, después de sufrir una arritmia que solo se me fue luego de unos días en terapia intensiva y un «paletazo», como se conoce comúnmente a la cardioversión, procedimiento que se realiza con un desfibrilador cardíaco. Después de muchos análisis del corazón (literales, no poéticos) y otros estudios complementarios, me dijeron que la causa fue un pico de estrés: tenía un trabajo denigrante y mi frase de cabecera hasta ese momento era «es todo una mierda». ¿Estaba deprimido? Nunca lo supe. Pero alguien de mi entorno, o tal vez alguno de los médicos que me trataron, me habló del yoga. Averigüé y fui a dar con una señora que ofrecía clases de «yoga católico», cerca de casa. No soy religioso, pero el susto que tenía y las ganas de que no me volviera a pasar algo semejante hicieron que me tirara de cabeza. Empecé. Las clases consistían en hacer las posiciones básicas y luego rezar en una pequeña capilla. Tranquilidad había, pero no terminé de sentirme cómodo. No por asuntos religiosos, ni mucho menos. El problema era —lo sigue siendo aún hoy— mi cuerpo. Léase: mis caderas son muy rígidas y apenas si puedo tocarme las rodillas con la punta de los dedos de las manos.

    Para el caso de la meditación, de la que soy un asiduo practicante desde hace más de diez años, el camino es diferente. Aunque no pueda considerarme un gran meditador, sí mantengo una ligera constancia, con no pocas interrupciones a lo largo del tiempo. Buscando un bálsamo luego de la muerte de mi madre (aunque estaba rodeado de hermosas personas que cobijaban mi paso por la vida —algunas, como diría Cerati aquella noche en River, siguen hasta hoy—), llegué a dar con una institución que brindaba una capacitación en filosofía oriental. Yo conocía el concepto de la meditación, pero nunca la había practicado. Empecé las clases con mucho entusiasmo, pero el avance en la práctica y en el estudio de la teoría dio lugar a mi típico aburrimiento y, sumado al hecho de que empecé a sentir que me estaba metiendo en una secta, abandoné a los pocos meses, aunque no dejé de meditar por mi cuenta. El zafu llegó cuando ya estaba viviendo mi nueva vida en Belgrano, en un luminoso departamento de dos ambientes ubicado en un sexto piso sobre la avenida Ricardo Balbín, del que fui desterrado un año y medio después. Aunque, como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga, eso me empujó a comprarme mi departamento actual en Núñez.

    Hace algunos años, ya instalado ahí, me anoté en un profesorado de yoga, con la idea de profundizar en esta actividad que tanto me atrae, pero que me es esquiva. Tampoco lo terminé.

    Así que leí Yoga, un esperado libro de Emmanuel Carrère, no exento de polémica en su salida —entre otras cosas, por una carta abierta publicada por su exmujer. Supongo que son los riesgos de escribir una obra de no ficción autobiográfica. ¿Eso es este libro? ¿Una novela de no ficción autobiográfica? Ficción hay, lo dice el propio protagonista en el libro. A mí me gusta decir que es un libro inclasificable.

    ¿Y por qué es un libro que me parece fabuloso? Bueno, por esto mismo que estás leyendo ahora: porque es una gran fuente de inspiración que me permite escribir. Si la lectura de un libro (o de lo que sea) me provoca ganas de sentarme a escribir, es para mí, sin dudas, un signo de que el libro es hermoso.

    Bueno, no sé bien qué tiene que ver todo esto —la arritmia, el yoga católico, el zafu— con el libro, pero se me apareció una y otra vez mientras leía este libro, como ya dije, inclasificable, pero al que me voy a referir como novela. Una novela autobiográfica, podría decirse. Y bueno, me inspiró. Me inspiró a contar mi historia, a tomar momentos de mi vida y convertirlos en literatura. Siempre termino escribiendo sobre lo mismo, pero el motivo de escribir reseñas en esta cuenta es una mera excusa para escribir sobre lo que pienso, vivo y siento. Los libros son una excusa, y qué linda excusa, si me lo permiten. Tengo la mejor excusa para sentarme a escribir: escribir sobre lo que viví a través de los libros que leo.

    Y vos, ¿qué libro te dio alguna vez la excusa perfecta para sentarte a hacer eso que venías postergando? Contámelo en los comentarios.

    Yoga, de Emmanuel Carrère
    Novela
    320 páginas
    Editado en 2021 por Anagrama @anagramaeditor

  • Escribir con el cuerpo

    Escribir con el cuerpo

    «Se escribe con el cuerpo. No se trata de una actividad mental.
    Se escribe con la espalda, las manos, los ojos, la nuca, las piernas.

    No hay que olvidar eso: cada vez que hay escritura, es un cuerpo el que escribe.»

    Eugenia Almeida, «Inundación»
  • Jardín de noche

    Jardín de noche

    Cada vez que leo a Fabio Morábito, siento como si estuviera leyendo por primera vez, aunque haya leído muchos libros antes. Es reencontrarme con las palabras, con su peso, su magia y su capacidad de emocionar. Es ese tipo de literatura que te toma por sorpresa y te recuerda por qué amas leer. 

    La vida (o el destino, o mis propias elecciones) me regaló una racha de lecturas extraordinarias: Zambra, Halfon y ahora Morábito. Tres autores avasallantes, imposibles de ignorar, y entre ellos, este volumen de doce cuentos que comienza siempre con la misma frase; Una frase tomada de otro autor y convertida en el punto de partida para relatos enigmáticos, oscuros y profundamente solemnes. 

    Los cuentos de Morábito son breves, pero no necesitan más para impactar. Su capacidad de síntesis y su manejo del ritmo son magistrales, logrando que cada relato sea una experiencia única. Una premisa sencilla se despliega con una complejidad inesperada, envolviéndote en atmósferas cargadas de misterio y sutileza. Hay algo casi hipnótico en su prosa: una mezcla de precisión, elegancia y crudeza que convierte lo cotidiano en algo extraordinario. 

    Morábito no decepciona. Sus historias son como un rompecabezas emocional que te obliga a pensar, sentir y, sobre todo, admirar. La verdad es que podría llenar este texto de adjetivos y no encontraría uno negativo. Es un autor del carajo (disculpen el exabrupto, pero no hay otra forma de decirlo). 

    Si buscas cuentos que sean pequeños universos, cargados de simbolismo y emoción, este libro es el lugar perfecto para comenzar.

    Ficha técnica

    Jardín de noche
    De Fabio Morábito
    Cuentos, 126 páginas
    Editado por Edhasa

  • Tarántula

    Tarántula

    «Había huido sin un propósito. Sin saber hacia dónde me dirigía. Ni siquiera lo había pensado antes. Fue un impulso, por llamarlo de alguna manera, acaso el mismo impulso que me había hecho huir el primer día, durante el paseo y la perorata de Samuel en el riachuelo, y también el mismo impulso que me empujaba a huir de la casa de mis padres y del orbe de mis padres.»

    Terminaba 2024. Me encontraba reflexionando sobre lo que había leído durante el año y de pronto (también siguiéndo un impulso) me sumergía en las páginas de este libro. Muy bien, pongamos que dije, a ver si ahora me vuelvo a conectar con la lectura. No me hizo falta más que la primera página para darme cuenta de que había elegido bien. 

    Entonces me volví a convertir en lector.

    Querido Eduardo protagonista: lamento que hayas tenido que pasar por tal brutal experiencia, pero que bueno que se lo pudiste traspasar a Eduardo escritor, (y al Eduardo ingeniero) y que juntos hayan llegado a este relato tan humano, tan vivo, que cuenta en primera persona el crecimiento, la rebeldía, el pasaje de la niñez a la adultez con terror, pero a la vez con ternura y con algo de inocencia pero con mucha sensibilidad. Eso, mucha sensibilidad: ese niño sabía perfectamente a lo que se enfrentaba. O tal vez no, pero tampoco es lo que importa.

    Eduardo Halfon

    La escritura de EH es, cómo decirlo, enternecedoramente inquietante y terrorífica, si es que tal idea existe. Te cala hondo y te deja expectante. Y aunque no soy un gran conocedor de su obra (Lo único que leí hasta ahora fue «Biblioteca bizarra» y este relato que hoy nos convoca) me basta para sentir que quiero leer más de este autor nacido en la Guatemala de los años setenta; seguir ahondando en su obra, en su novela episódica (cómo el mismo llama) aún en construcción, en los temas que le interesan, que son los que nos interesan a muchos.

    Si me permiten una sugerencia, lean a Eduardo, no solo este título sino todos. Nuestras almas lectoras nos lo agradecerán.

    Ficha técnica

    Tarántula

    De Eduardo Halfon
    Novela
    181 páginas
    Editado en 2024 por Libros del Asteroide

  • Literatura infantil

    Literatura infantil

    «Nunca sabía qué responder. Por eso escribía, por eso escribo. Lo que escribo son las respuestas que no se me ocurrieron a tiempo. Los bosquejos de esas respuestas, en realidad»

    Lo mejor que puede provocar la lectura de un libro es que al terminar te sientas distinto a como eras antes. Que te quedes pensando, que tengas ganas de vivir, de salir a hacer cosas, de ir a visitar a tus amistades, a tu pareja, a tu familia, a hacer cualquier cosa que te ponga de buen humor, porque vos estás ahí todo emocionado y querés compartir con alguien eso que acabas de vivir. Leer es vivir. Y si vivís feliz, mucho mejor. 

    A lo que voy con esto es que la felicidad que me provoca leer a Zambra es inclasificable como este libro. Es decir, de por sí ya leer me hace feliz, pero cuando leo un libro como este… que sensación tan hermosa, tan viva. Vendría a ser algo así como una euforia silenciosa, escondida. 

    Alejandro Zambra

    La lectura me hace feliz, suma puntitos de felicidad si leo un libro vital, más cuando agarro una racha de libros que me encantan (¿o será una mera predisposición a la lectura que todo me parece genial? No, no es eso, leí cosas que no me gustaron en el medio) y bueno, yo justo enganché a AZ y me copé con su estilo, con su forma de decir (de escribir) las cosas; y aunque no soy padre, me intriga saber sobre ese mundo tan intimo y personal y tan de cada uno. 

    Un libro para celebrar y promover la lectura. Por más libros así, locos, profundos, hermosos, inclasificables, llenos de amor. Por más autores y autoras así auténticos, libres, geniales, comprometidos con hacer de la literatura y de la vida, algo mucho mejor. Gracias querido AZ, gracias.

    Ficha técnica

    Literatura infantil

    De Alejandro Zambra
    Ensayo
    226 páginas
    Editado en 2023 por Anagrama

  • Poeta chileno

    Poeta chileno

    «En la poesía se juega todo. Si eres un buen poeta puedes escribir novelas para ganarte unos pesos, porque escribir novelas es más fácil. Yo mismo tengo pensado en algún momento escribir novelas, pero no hay nada más triste que un novelista escribiendo malos poemas»

    Lei a Zambra por vez primera cuando, por esas cuestiones del universo, se cruzó en mi camino lector «Un cuento de navidad» (@gristormenta, 2023). Y me fascinó tanto tanto que fui a contarles a mis amigos lectores, que muy sueltos de cuerpo me dijeron “tenes que leer ya «Poeta chileno»”

    Arranqué más o menos bien, pero casi llegando a las cien páginas me di cuenta de que no estaba enganchado con la historia. Había un cortocircuito entre el mundo de Gonzalo y el mío. No conectaba y no estaba encontrando los caminos para dejarme llevar por la trama. Así que, un poco desilusionado, lo dejé.

    Alejandro Zambra

    Insisto en que los libros te llegan cuando te llegan. Fue así que luego de un par de meses de ver el volumen ahí sobre la estantería, una ráfaga de iluminación me dijo: “es ahora”.

    Lo que pasó fue que me devoré el libro en algunos pocos días. Fue una cosa envolvente, fagocitante, una experiencia tan real que me sentí en Santiago caminando al lado de los personajes…

    No voy a decir nada sobre la trama porque ya la reseñaron por todos lados. Sin embargo, no puedo dejar de recomendarla, de hablar bien sobre una obra tan espectacular como única, de lectura tan llevadera que te hace creer que escribir es fácil; surgida en la tierra en donde lo que florece con más fuerza es la poesía, desde donde Alejandro Zambra se abre paso a los codazos, diciéndo acá estoy, tal como lo hacen sus personajes poetas. 

    Me hizo feliz haberla leído. Y eso, según mi humilde entender, es lo mejor que le puede pasar a un libro: hacer mejor la vida de los lectores.

    Ficha técnica

    Poeta chileno

    de Alejandro Zambra
    Novela
    421 páginas
    Editado en 2020 por Anagrama Editor

  • La invención de un lector

    La invención de un lector

    «En definitiva, un catálogo cobra sentido cuando se pone en funcionamiento en el encuentro entre el librero y el lector. El catálogo real, con stock en la librería, el mental sobre el que descansa el librero, el racional que se da entre la palabra que el librero agarra en el tren de la conversación y lleva hacia un libro que, a partir de ese momento y posiblemente para siempre, va a mirar al lector»

    ¿Cuáles son y dónde están los hilos que habilitan la conexión entre un lector, un librero y el catálogo de una librería? ¿Qué caminos los acercan? Un entramado vinculante entre gustos e intereses literarios que forman opinión y acercan el conocimiento a las mentes y los corazones. ¿Es intelectual o espiritual? ¿Racional o emocional?

    Supe de la existencia de la Cecilia con «La chica del milagro» (2017, Rosa Iceberg) en el que la protagonista sufre un cambio radical en su vida: una auto la atropella y la deja tirada sobre el asfalto de una calle porteña. Calculo que un evento de tal magnitud te cambia la vida para siempre. 

    Cecilia Fanti

    No sé cuánto de esto tuvo que ver con que Cecilia se convierta en librera. Lo cierto es que «La invención de un lector» es un fabuloso tratado sobre cómo armar un catálogo para una librería, en función de los gustos personales como punto de partida, ya que «armar el catálogo de una librería no se parece en nada a una biblioteca personal», los gustos de los lectores, el diálogo entre ambos (librera/o y lector/a), los vaivenes de la economía y las leyes del mercado, entre otros miles de factores. 

    «No hay una fórmula única para pensar, armar, concretar y timonear una librería; y mucho menos para pensar en los lectores», dice la autora. Pero qué alegría que la fórmula que va aplicando sea una que resiste y persiste en el tiempo, una que hace que los lectores estemos interesados en entrar a Céspedes, a eludir el contacto y la cercanía, a recorrer los anaqueles con curiosidad y paciencia, y a rechazar fervientemente el voluminoso ejemplar de «La historia», de Elsa Morante.

    Ficha técnica

    La invención de un lector

    De Cecilia Fanti
    Ensayo
    120 páginas
    Editado por Gris Tormenta

  • Primera persona

    Primera persona

    «No tengo recuerdos de bibliotecas propias. O sea, estantes en una pared que juntaban libros elegidos, leídos y subrayados por mí. Los libros que leía iban quedando en mis casas provisorias y, más adelante, en las oficinas de turno. Cuando tuve que mudarme de ciudad junté los que pude en un par de cajas y las mandé por correo. Cuando tuve que mudarme de país ya había juntado otras cajas y enviarlas salía más caro que comprar libros nuevos. Por esa época un amigo, que padecía como yo la obsesión de desplazarse, me enseñó que en nuestro caso los libros había que leerlos y soltarlos: pensar en alguien a quien pudieran gustarles y regalárselos. Y así lo hicimos —con los libros y con tantas otras cosas— hasta que él se casó y se mudó a una casa con paredes limpias donde construyó, por fin, su biblioteca.
    Yo lo resolví con el Kindle».

    Hace tiempo que vengo con cierta curiosidad e interés por las bibliotecas personales. Particularmente me pasa que tengo muchos libros hace años y que aún no han encontrado su momento. Lo interesante de este comportamiento es que sigo sin descubrir qué fuerzas son las responsables de unir un libro con un lector en el momento indicado.

    Un buen ejemplo de esto es lo que me sucedió con «Primera Persona», de Margarita García Robayo. Si bien no recuerdo cómo llegó a ocupar un lugar en mi biblioteca, sé que fue hace años y que, cada vez que buscaba un libro para recordar algo o para una próxima lectura, se me aparecía allí, agazapado, a la espera. Ya llegará el momento, pensábamos, el libro y yo. ¿o creés que los libros no piensan?

    Margarita Garcia Robayo

    «Sea lo que sea que queramos pensar de nosotros mismos, no somos lo más parecido a lo que soñamos ser, ni somos esa síntesis que creemos ver en el espejo. Somos el resultado de cómo nos han mirado los demás a lo largo de la vida. La historia de nuestra identidad está escrita por los otros».

    La cuestión es que hace un par de semanas me pude escapar unos días a la Costa Atlántica, con el objetivo de encontrar un espacio de soledad y lecturas. Algo así como un retiro. Uno de los elegidos para acompañarme, fue este hermoso libro de Margarita. Y acá es cuando empiezan las energías y fuerzas cósmicas a hacer de las suyas: el primer relato «El mar», fue escrito en Pinamar, muy cerca de donde yo estaba. Pero lo más sorprendente aún, es que fue escrito durante marzo de 2016, momento de mi vida en el que, oh las casualidades, estaba en esa misma ciudad.

    Si bien el resto de los relatos no están relacionados a nada de mi vida, me queda la sensación de que son mágicos, en el sentido de que son literatura pura y avasallante, tocando temas muy diversos e interesantes. Así entonces llego a leer este libro que se destaca por ser tajante y directo. Con un lenguaje y un estilo milimétrico, crudo y profundo, que a la vez lo hace complejo y visceral.

    Que bueno que sea parte de mi biblioteca. Te lo recomiendo para que sea parte de la tuya. O, si sos como Margarita, de tu Kindle.

    Ficha técnica

    Primera persona

    De Margarita García Robayo
    Relatos
    216 páginas
    Editado en 2021 por Marea Editorial

  • Nadar de noche

    Nadar de noche

    «Había sido el año en que el país estuvo a punto de volar en mil pedazos (si es que no había volado ya, sin que nos diésemos cuenta), el año en que se pulverizaron todas las expectativas individuales a corto y a mediano plazo, y con ellas todos los futuros posibles menos aquel que nos resistíamos a imaginar.»

    La primera vez que leí a Juan Forn, fue con su «Yo recordaré por ustedes» y me pareció un libro que va más allá de toda clasificación. Nunca publiqué la reseña, pero podría hacerlo si les parece pertinente.

    Esa idea o reflexión es lo que bajó a mi mente el mes pasado, cuando me crucé con esta reedición de «Nadar de noche», deambulando en una librería. 

    Juan Forn

    Y bueno, ustedes saben lo que pasa cuando uno se encuentra con un libro de un escritor que le llama la atención: lo compra. Si puede, dados los tiempos que corren.

    Lo curioso es que me lo llevé a casa y lo empecé a leer casi de inmediato. Un cuento y a dormir. Mejor sigo un cuento más. Este es largo, bueno, una página más y me duermo… 

    Así fue que no pude parar. Y un poco me entristeció terminar estos cuentos tan hermosos en tan poco tiempo. Tanto que a algunos los volví a leer, como «Memorándum Almazán», «Para Gaby, si quiere» o el mismo «Nadar de noche» que cierra y da nombre al libro. 

    ¿Qué otras obras del autor leyeron? ¿Por dónde me recomiendan seguir? ¿Los atrapa tanto como me atrapa a mí? ¡Los leo! 

    Ficha técnica

    Nadar de noche

    Cuentos hermosamente escritos por Juan Forn antes de 1991
    200 páginas
    Editado en 2024 por Emecé Editores