
Trabajo con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias. Y con el miedo a morir. Forma parte de mi oficio.
Delphine De Vigan, Las gratitudes
No termino de encontrar las palabras para contar cómo llegó Las gratitudes a mis manos. Sé que hubo una reunión, gente hablando de libros, alguien que mencionó el título entre otros que ya olvidé. O tal vez no hubo ninguna reunión y fue apenas una portada vista de reojo en una librería, o el nombre repetido dos veces en conversaciones distintas hasta que dejó de sonarme ajeno. No estoy seguro, y cuanto más lo pienso, menos segura se vuelve la escena: la memoria, como el lenguaje de Michka, también falla, también inventa lo que no puede recuperar. Lo cierto es que una noche ya lo tenía entre las manos, ciento setenta y pocas páginas, y esa misma noche llevaba leídas las primeras treinta.
Las gratitudes es una novela breve —apenas 176 páginas— pero de esas que pesan más de lo que ocupan. Delphine de Vigan cuenta los últimos meses de Michka Seld, una mujer que está perdiendo el habla por afasia mientras vive en una residencia geriátrica. La historia se arma a dos voces: la de Marie, la vecina que Michka cuidó de chica y que ahora, ya adulta, le devuelve ese cuidado; y la de Jérôme, el logopeda que intenta, contra el avance de la enfermedad, que Michka conserve algunas palabras.

Delphine de Vigan nació en 1966 en Boulogne-Billancourt y vive en París. Es una de esas autoras que trabajan todo el tiempo en el límite entre la autobiografía y la ficción: en Nada se opone a la noche, su libro más conocido, reconstruyó la vida de su propia madre después de su muerte, buscando entender los silencios y las fracturas de una familia. En Basada en hechos reales —que ganó el Renaudot y que Roman Polanski llevó al cine— volvió a jugar con esa frontera incierta entre lo vivido y lo inventado. Las gratitudes, que le valió el Premio Euskadi de Plata, sigue esa misma línea: no sorprende que una autora que no deja de volver sobre su propia familia, sobre lo que se hereda y lo que se calla, haya escrito con tanta precisión sobre una vieja que pierde el lenguaje y sobre las deudas de gratitud que se acumulan sin que nadie las salde a tiempo.
Hay algo en el oficio de Michka que no puedo leer sin pensarme a mí mismo: toda su vida fue correctora. Vivió de encontrar la palabra exacta en los textos de otros, de pulir lo que alguien más había escrito. Y ahora, vieja, es su propio lenguaje el que empieza a fallarle: el instrumento con el que trabajó toda una vida se le escapa de entre las manos, letra por letra. De Vigan no lo subraya, no hace falta: alcanza con poner a una correctora frente a la afasia para que la ironía golpee sola. Yo, que ando dando vueltas alrededor de dedicarme en serio a corregir y editar textos ajenos, no pude leerlo sin pensar en eso: en lo que significa vivir del lenguaje y en lo frágil que es, en el fondo, un oficio que se apoya enteramente en algo tan poco sólido como las palabras.
Pero el corazón del libro no es la afasia, es la gratitud. Michka tiene una obsesión antes de morir: encontrar al matrimonio que la escondió y la salvó durante la ocupación alemana, cuando era chica, y decirles gracias. No hay drama en eso, no hay golpe bajo: de Vigan escribe con una contención casi austera, sin subrayar nada, dejando que el lector complete lo que los personajes no llegan a decir del todo. Y ahí aparece la pregunta que se lleva el libro entero: ¿cuántas gratitudes tenemos pendientes? ¿A cuánta gente le debemos un gracias que nunca dijimos, porque pensamos que había tiempo, porque nos dio vergüenza, porque simplemente no se nos ocurrió?
Es una novela sobre el tiempo que se acaba —el de Michka, literal, pero también el que todos tenemos para decir lo que hay que decir— y sobre las palabras justas, esas que a veces llegan tarde o no llegan. La leí rápido, en un par de sentadas, y sin embargo se quedó dando vueltas más de lo que su tamaño hacía prever.
Y a vos, ¿a quién le debés un agradecimiento pendiente? Contámelo en los comentarios.














